Sunday, 26 de January de 2020

Viernes, 04 Septiembre 2015 02:56

El aplausómetro presidencial o la lejanía de la realidad




Written by  Arturo Rueda

El Ejecutivo es el Primer Privilegiado del País. Desde las alturas de Los Pinos no se entiende el impacto del dólar a 17.50, ni la caída permanente de los salarios, ni el impacto del crimen ni la inseguridad. Poco afecto a leer la prensa, o las redes sociales, sus empleados le filtran todo. Tiene un impresionante staff a su servicio, camionetas y aeronaves. Ni siquiera tiene necesidad usar cash, diría Zedillo. ¿Cómo acercarlo a la realidad?


La elite política, empresarial e intelectual invitada al III Informe de Gobierno interrumpió en 23 ocasiones el mensaje de Enrique Peña Nieto para tributarle aplausos. De acuerdo con el conteo realizado por El Economista, si el discurso duró 113 minutos, las salvas de aplauso en su conjunto duraron 7.29 minutos, es decir, el 6.45 por ciento de éste. ¿Fueron muchos o pocos aplausos? No lo sé, pero creo que el atronadero refleja perfectamente la coexistencia de dos Méxicos que tienen pocos puntos en común. Una minoría de privilegiados que encuentra razones para lanzarle vítores al presidente, otra mayoría que reprueba ampliamente su trabajo, dos de cada tres mexicanos.

 

¿Hay una perspectiva correcta de cuál México es el correcto?

 

Cometieron un error los legisladores que en 2006 reformaron la Constitución para cancelar el “Día del Presidente”, esto es, que le quitaron al Ejecutivo la obligación de presentarse en el Congreso de la Unión el día de la apertura del periodo de sesiones, para informar del estado que guarda la administración pública. Sin esa obligación, desde 2007 el presidente tiene el espacio abierto para organizar su propio Informe y crear un espacio propio para el autofestejo.

 

No es casual que Calderón antes, y Peña Nieto ahora, sean distantes a esa realidad que antes sí podían percibir. Y es que el “Día del Presidente” murió en el VI informe de Miguel de la Madrid cuando fue interpelado por Porfirio de Muñoz Ledo. A partir de ese momento, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox vivieron guerras campales cada 1 de septiembre. De hecho, el guanajuatense ni siquiera pudo rendir su V informe porque los diputados le cerraron el salón de sesiones.

 

Esas guerras campales que incluían interpelaciones, mantas, abucheos y más —casi siempre protagonizadas por perredistas— le permitían al presidente tomar el pulso de la República y alejarse de la autocomplacencia. Salinas sabía del encono que generaban sus reformas, Zedillo el impacto de la crisis y Fox la decepción por el gobierno del cambio. Y aunque de por sí el aparato gubernamental es un incentivo para alejarse de la realidad, las batallas del Informe no se lo permitían totalmente.

 

Luego, tras la accidentada toma de protesta de Felipe Calderón y su entrada subrepticia a San Lázaro, por venganza se impulsó la reforma que prácticamente se borró la presencia del Ejecutivo en el Legislativo.

 

En resumen: para Peña Nieto, y los presidentes que vengan, siempre será más cómodo rendir su informe en cancha propia, en Palacio Nacional y con sus invitados de privilegio que lo interrumpirán 23 ocasiones para tributarle salvas de aplauso, que arriesgarse a ir al Congreso de la Unión para recibir interpelaciones, mantas, rechiflos, abucheos y mentadas de madre.

 

De por sí el Presidente vive encerrado en una jaula de cristal —cadenas de oro las llamó Iturbide— que no le permite tocar la realidad. No tiene que pagar sus gastos, ni luz, ni electricidad, ni teléfonos, ni hacer la compra, ni comprar auto, pagar la tarjeta de crédito. El Ejecutivo es el Primer Privilegiado del País. Desde las alturas de Los Pinos no se entiende el impacto del dólar a 17.50, ni la caída permanente de los salarios, ni el impacto del crimen ni la inseguridad. Poco afecto a leer la prensa, o las redes sociales, sus empleados le filtran todo. Tiene un impresionante staff a su servicio, camionetas y aeronaves. Ni siquiera tiene necesidad usar cash, diría Zedillo. ¿Cómo acercarlo a la realidad?

 

De entrada, regresándolo al Congreso y haciendo más ruda su comparecencia, que lo haga acudir a dialogar con el líder de la primera bancada de oposición. Más al estilo español con el “Debate de la Nación” que al viejo ritual presidencialista. ¿No tenemos ya gobiernos de coalición semiparlamentarios? Pues hagamos del Informe un ritual semiparlamentario.

 

Con tanta laxitud que tiene el Presidente a la hora de informarle al país, qué hizo en un año de trabajo, no sorprende que Peña Nieto elija el escenario más cómodo de la autocomplacencia. Y en ese escenario, sus invitados son libres de tributarle los aplausos que quiera. Pudieron ser 23, 29 o 55. Los culpables son los que sacaron al Ejecutivo del Congreso en una vendetta absurda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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