Jueves, 12 de Diciembre del 2019
Jueves, 22 Agosto 2019 02:09

La defensa de Cicerón

La defensa de Cicerón Escrito Por :   Cesar Zuñiga Salas

En el año de su consulado (63 a.C.), Cicerón hizo frente a la despótica conjura política de Lucio Sergio Catilina para destruir a la República por la vía de la violencia. Un golpe de Estado fraguado desde los grupos populistas más exacerbados y contrarios al desarrollo progresista del Senado romano. El máximo magistrado tuvo conocimiento de lo que se tramaba cuando Quinto Curio le alertó del peligro, lo que evito su muerte y le proporciono la oportunidad de pronunciar contra el cabecilla de los conjurados cuatro discursos que tuvieron una influencia decisiva en la frustración del complot.


 

“¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? ¿Cuánto más esa locura tuya seguirá burlándose de nosotros? ¿No comprendes que tus planes se derrumban, no ves que ya tu conjura ha sido sofocada por el hecho mismo de que todos la conocen?”. Y añade, “¡Oh tiempos, oh costumbres! El Senado conoce estas cosas mientras tu decretas nuestro aniquilamiento. En cambio, nosotros juzgamos haber hecho suficiente por la República con lograr huir de tus dardos y furia. Tiempo ha ya, Catilina, que se revierta esa misma ruina que tú llevas maquinando contra nosotros”.

 

Arenga que trasciende el tiempo y ofrece las bases para la defensa contemporánea. Sobre todo, en tiempos revueltos en donde el discurso xenófobo alimenta la creencia de la supremacía blanca al amparo de quienes representan los populismos de extrema derecha. Los asesinatos en semanas pasadas en la Unión Americana en contra de personas de origen mexicano, no es más que el resultado de una posición ideológica y armamentista de quien hoy ocupa la Casa Blanca.

 

Falsos acuerdos que por un lado pretende darnos la calidad de socio -más allá de la vecindad- a través de la imposición de reglas migratorias a cambio de un acuerdo comercial que sigue poniendo sobre la mesa el trato desigual en la bilateralidad; y por otro, perpetuar la predica denigrante en contra de México y nuestros connacionales, la criminalización de la migración latinoamericana e incluso en la reacción asesina de grupos racistas que propagan la histeria de un país invadido, aun cuando la población fundante de los Estados Unidos proviene de los barcos del Viejo Mundo.          

 

La acertada decisión de nuestro canciller de solicitar la extradición a nuestro país de quien ejecutó el cobarde y múltiple homicidio en El Paso y el paro inmediato de la importación de armas a México, son cuestiones que revierten por completo las posiciones de nuestro gobierno frente a las intransigentes posturas de la administración norteamericana respecto a la contención migratoria y su amenaza arancelaria. Su respuesta va acorde a lo que decían los norteamericanos en los tiempos heroicos de nuestra diplomacia: “La política de principios de los mexicanos es la más pragmática de todas”. Sabían que las estrategias “realistas” nos conducían fatalmente al alineamiento y a la pérdida gradual de márgenes de maniobra.

 

Como lo explicaba Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa en su libro “México y el Orden Internacional”, la permanente invocación del derecho internacional genera en cambio un espacio de igualdad a despecho de las evidentes asimetrías. El código de una relación fundada en la dignidad, más que en el poder, es complejo pero eficaz. A una conducta consecuente debimos nuestro prestigio y sobrevivencia.

 

Cuando fuimos miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en 1980-1981, logramos en 52 votaciones consecutivas la alianza de todos los países en desarrollo. Por tanto, no podían votar en contra de nosotros. Teníamos derecho de veto, aunado al de China, tuvimos dos derechos de veto, y a su vez una posición política de contrapeso e incluso de oposición a los grandes países industriales, como lo narra el Diputado Presidente del Congreso de la Unión Porfirio Muñoz Ledo en su libro “La vía Radical”.     

 

En esta coyuntura tenemos la oportunidad inescapable de aprovechar los acuerdos generados por la República Popular de China y la Federación Rusa (Miembros permanentes), para el nombramiento de nuestro canciller Juan Ramón de la Fuente como representante no permanente del Consejo, así como para sumarnos al apoyo de un nuevo frente para la convocatoria a una segunda edición de Bretton Woods. Su iniciativa es clara: “ante la Guerra Comercial promovida por los Estados Unidos con el fin de aumentar e imponer aranceles, es menester eliminar el dólar como moneda preponderante y contrarrestarla con una moneda a largo plazo y para quienes deseen adoptarla en transacciones comerciales internacionales”.

 

Hoy debiéramos asegurar que la política exterior es un instrumento del desarrollo, ¿por qué la institución en la cual nos inscribimos, persiguiendo a las glorias del primer mundo, la OCDE o el G-8, nos ponen la peor calificación? Creo que la política exterior, seguida por los anteriores gobiernos tecnocráticos, fue más bien una palanca del subdesarrollo.

 

El tema es los Estados Unidos. El proceso de integración no puede excluir el problema de libre tránsito de las personas. Todos los procesos de integración se basan en libre tránsito de mercancías y servicios, en libre tránsito de finanzas, en libre tránsito de personas y en libertad de establecimiento. Eso es lo que hace la ciudadanía compartida.

 

No estoy de acuerdo en que se diga que el tema migratorio es competencia del país de recepción. Tenemos numerosas conferencias y acuerdos internacionales que lo desmienten. El tema de los derechos humanos es un tema multilateral por definición. Hay organismos que son responsables de salvaguardarlo. Todo proceso de integración es una coordinación de soberanía. Cuando afirmo que fue pactada la migración, es porque se pactó el destino del campo mexicano: reducir la población de la gente sobre la tierra y pagar en divisas con las remesas de los migrantes la importación de los productos agrícolas.

 

Es hora de cambiar el rumbo de la política exterior. Hagamos una política conjunta con el Congreso, pero con un precepto: una política de Estado donde el Ejecutivo tiene su papel y el Legislativo tiene el suyo, digno y eficiente. La historia es madre y maestra.

 

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