Lunes, 11 de Noviembre del 2019
Viernes, 11 Octubre 2019 02:24

El Joker es el evangelio de la adoración del mal

El Joker es el evangelio de la adoración del mal Escrito Por :   Arturo Rueda

Como es una víctima de la sociedad, Arthur Fleck encuentra la benevolencia en su viaje a la maldad. Luego, incluso, la aprobación. Al final, la adoración de todos los otros semejantes a él, marginales, desposeídos como el mismo Fleck, que se convierte en su válvula de escape. El evangelio de una nueva sociedad de elites descolocadas.


 

Si el mal –en su sentido moral– siempre ha causado fascinación, en nuestros tiempos de la posverdad ahora causa adoración. Sólo nos hacía falta su alegoría definitiva, su evangelio, que no es otra cosa que la película de El Guasón, fenómeno mundial que envía un solo mensaje a la sociedad: ser malo es bueno.

 

O cuando menos, ser malo tiene justificación en la sociedad poscapitalista que arrasó con los viejos valores y estructuras sociales. La maldad, pues, no es una elección, un pathos, ni siquiera la banalidad de la que hablaba Hanna Arendt. La maldad de El Joker es un destino manifiesto al que nos envía, nos empuja la sociedad.

 

No es que antes de El Joker no hubiera malo, pues el primero, Lucifer, Satán o El Demonio, es expulsado del reino de Dios por su vanidad, por su aspiración a querer ser como Dios. En ese antagonismo primitivo, la maldad es vanidad, la adoración de sí mismo.

 

Pero en El Joker no hay vanidad ni tentación. Tampoco es un mal individual, la decisión de una sola persona, sino un fenómeno de adoración colectiva, como antes era la bondad. Ahora, ser malo es un valor.

 

Nuestros días son los del antihéroe: el personaje con ambigüedad, gamberro, que provoca simpatía desde su lado oscuro, su falta de valores, su abierta ilegalidad. Ese nuevo tipo de protagonista comenzó a tomar fuerza en las series televisivas de la década pasada y encontró su punto culminante en el profesor Walter White de Breaking Bad, cuya traducción más literal puede ser “volviéndose malo”.

 

¿Quién no empatiza con el mediocre Walter, quien transforma su personalidad a través de varias temporadas hasta convertirse en el temible Heissenberg, capo de las drogas, quien hizo el mal a través de la justificación moral de dejarle una buena cantidad de dinero a su familia tras su muerte por cáncer?

 

Heissenberg es bueno con su familia, nocivo para la sociedad. Pero las fronteras aún son reconocibles.

 

La concepción del mal cambió con El Joker de la aclamada Batman: El Caballero de la Noche. Al margen de la brutal interpretación de Heath Ledger, su Joker es ante todo un agente del caos. Su forma de hacer el mal es destruir el establishment, pero no el institucional, sino todos, incluido el de los criminales. Quería ver el mundo arder por diversión o curiosidad.

 

En El Caballero de la Noche, Batman y sus valores lucen pequeños ante la amenaza del caos que es el Guasón, quien provoca dilemas morales a todos en la película sólo para mostrarnos la capacidad de licuarse, de hacerse líquidos en situaciones extremas.

 

El Arthur Fleck del nuevo Joker es, ante todo, una víctima. Un desequilibrado psicológico, primero por su lunático entorno familiar y luego maltratado por la sociedad que no quiera atenderlo, entenderlo. Es un marginal, un anormal fuera del manicomio, en el sentido de Foucault.

 

Como es una víctima de la sociedad, Arthur Fleck encuentra la benevolencia en su viaje a la maldad. Luego, incluso, la aprobación. Al final, la adoración de todos los otros semejantes a él, marginales, desposeídos como el mismo Fleck, que se convierte en su válvula de escape. El evangelio de una nueva sociedad de élites descolocadas.

 

En ese momento, El Joker de Joaquin Phoenix reconecta al Joker de Heath Ledger: el mal conduce al caos, la anarquía y la ruptura del establishment, de todos los establishments.

 

El de Arthur Fleck es el viaje del antihéroe que se volverá canon, como canon se volvió el viaje del héroe Luke Skywalker en Star Wars.

 

 

Antítesis del viaje del héroe, el viaje del antihéroe no es una epopeya sino una tragedia. En ese caso, de cómo Fleck es devorado por sus demonios internos y potencializado por el maltrato social que lo hizo un marginal. Es la jornada en la que descubre su maldad, pero sobre todo su justificación, su empatía con todos los demás marginales en su odio a la cúspide de la pirámide social.

 

Conclusión: en la era de la posverdad, lo malo deja de ser malo, lo bueno deja de ser bueno, y ahora, ser malo es bueno. Que no se sorprenda que los criminales de nuestros días tengan el aval social, la admiración que buscaba Arthur Fleck.

 

Antes, se adoraba a los buenos.

 

Ahora, se adora a los malos.

 

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