Sábado, 19 de Octubre del 2019
Lunes, 04 Marzo 2019 03:28

Los hombres de poder no se mueren: los matan

Los hombres de poder no se mueren: los matan Escrito Por :   Arturo Rueda

Si a una pareja de poder como Martha Erika y Rafael los mataron, ¿cuánto tiempo podemos durar los demás? Es la pregunta que expresa el miedo de los morenovallistas, de las familias de los dos muertos, pregunta que ninguno se atreve a hacer en público. Ese miedo no expresado es lo que desfondó al morenovallismo y pavimentó a Morena el camino para una victoria contundente, sin rival al frente.


 

La increíble torpeza del gobierno federal a cargo de la investigación del ‘helicopterazo’, específicamente el par de viejitos de la SCT, Javier Jiménez Espriú y su subsecretario Carlos Morán, revivió en apenas un par de días la certeza que anida en el fondo de nuestros corazones: a Martha Erika Alonso y a Rafael Moreno Valle los mataron. ¿Quién? No se sabe. Pero de que los mataron, los mataron.

 

Sí, el desplome del AgustaWestland fue un accidente, pero por una falla técnica provocada. Eso opinan, opinamos, 53 por ciento de los mexicanos, de acuerdo con una encuesta nacional de la empresa Parametría. Yo estoy en esa mitad de mexicanos que no cree en la fatalidad del desajuste mecánico. Alguien le metió mano a esa aeronave.

 

Y si hablamos que el accidente fue provocado por una manipulación técnica al AgustaWestlad, es necesario hablar de un magnicidio al tratarse de una pareja con importantes posiciones de poder, como la cuarta gubernatura más importante del país, así como del coordinador de los senadores del PAN y perfilado candidato presidencial hacia 2024.

 

Magnicidio, atentado, accidente provocado, son las percepciones que no borrará la presentación de las conclusiones de la investigación en unos cuantos meses, cuando la pareja senil Espriú-Morán nos diga que todo se trató de un fallo de la ‘espiroqueta de la cuchufleta’. Ni siquiera hay una fecha, habida cuenta que en tres meses tenemos elecciones. Inevitablemente, será un tema electoral.

 

 

Con su serie de errores burdos, más las mentiras abiertas, más el intento fallido de ocultar cinco años el audio del accidente, ambos han perdido credibilidad para conducir la investigación en la que participan expertos internacionales, así como los laboratorios fabricantes de la aeronave y de los motores.

 

Ni Jiménez Espriú, ni Carlos Morán, pueden volver a darle la cara a las familias, amigos y a todos los poblanos pendientes de la explicación oficial del accidente. Todo lo que digan es basura. Su insensibilidad fue brutal, casi insultante.

 

Es más, según declaró Heriberto Salazar, presidente del Colegio de Pilotos Aviadores a El País, es probable que nunca se sepan las causas reales del ‘helicopterazo’, accidente del que destaca la falla catastrófica de la aeronave para que ni siquiera se pudiera reportar a la Torre del desplome. “Si hay tiempo y pueden entrar en contacto con alguien, y en este caso volaban cerca de un aeropuerto, lo lógico sería advertir del problema. Así que parece que no tuvieron tiempo y esto se puede deber a una súbita pérdida de control”, defiende Salazar.

 

“Cuando hay una emergencia en vuelo, lo primero que se hace es notificar de inmediato a control aéreo el problema y de la acción a tomar. En este caso, al no ocurrir esto, es evidente que hubo un percance muy grave, que impidió al piloto hacer un llamado de emergencia. Recordemos el siniestro del Learjet de la cantante Jenni Rivera [ocurrido en diciembre de 2012 y en el que fallecieron todos los ocupantes de la aeronave], en el que tampoco hubo Mayday”, señala Miceli, experto en accidentes de ese tipo también en declaraciones a El País.

 

“Por la forma de caer, no se trata de un choque controlado. Aquí parece que no tuvieron tiempo de hacer algo de este tipo. [La posición en que cayó] no indica una maniobra de autorrotación [un mecanismo parecido a cuando un avión se ve obligado a planear]”, señala Salazar.

 

Si a una pareja de poder como a Martha Erika y Rafael los mataron, ¿cuánto tiempo podemos durar los demás? Es la pregunta que expresa el miedo de los morenovallistas, de las familias de los dos muertos, pregunta que ninguno se atreve a hacer en público.

 

Ese miedo no expresado es lo que desfondó al morenovallismo y pavimentó a Morena el camino para una victoria contundente, sin rival al frente. Todos huyeron despavoridos porque todos tienen miedo de ser el siguiente en la lista de accidentes “inusuales”.

 

Martha Hidalgo Villafañe, la mamá de Martha Erika Alonso, rompió la semana pasada esa cadena de miedos con la carta abierta publicada en Reforma. Ayer pude certificar que sí fue ella la autora, no su hijo Florentino.

 

Sólo el amor de una madre, que no perdió a una gobernadora sino a una hija, permitió romper esa cadena de temor. La estulticia del secretario de Comunicaciones y Transportes despertó la furia que sustituyó al dolor del duelo.

 

¿Quién mató a Rafael Moreno Valle y se llevó como daño colateral a Martha Erika? Nunca lo vamos a saber. En el caso Colosio, pese a que hubo detenido, años de investigaciones, millones de fojas en miles de tomos, hasta videos, siempre quedó la impronta de un asesinato diseñado desde el poder, y el culpable histórico fue Carlos Salinas de Gortari. Nada ha borrado esa percepción.

 

 

Aquí no tenemos nada: ni detenidos, ni años de investigaciones, ni millones de fojas, ni miles de tomos, ni videos. Sólo un par de ancianitos que nos insultan con sus mentiras. ¿Por qué alguien no creería en el atentado?

 

No sabemos si la Fiscalía a cargo de Higuera Bernal trabaja alguna hipótesis, pues primero tendría que tener en sus manos el dictamen técnico de las causas del desplome, un documento que quizá nunca llegará. O si llega, sólo dirá barrabasadas.

 

La impericia de los ancianitos Jiménez Espriú y Carlos Morán sólo lastima a Morena, y en especial, se utilizará para atacar a Luis Miguel Barbosa. Qué pena de ‘fuego amigo’.

 

Lo que no se irá es la percepción que tienen millones de mexicanos: los mataron. Porque desde Shakespeare eso le pasa a los hombres de poder. No se mueren, los matan.

 

Así lo dice la tragedia de Ricardo II:

 

 

Por Dios, sentémonos en tierra a contarnos

 

historias tristes de la muerte de los reyes;

 

depuestos unos, otros matados en la guerra

 

o acosados por las sombras de sus víctimas,

 

o envenenados por su esposa, o muertos en el

 

sueño, todos asesinados.

 

 

Pues en la hueca corona

 

que ciñe las sienes mortales de un rey

 

tiene su corte la Muerte, y allí, burlona,

 

se ríe de su esplendor, se mofa de su fasto,

 

le concede un respiro, una breve escena

 

para hacer de rey, dominar, matar con la mirada;

 

le infunde un vano concepto de sí mismo,

 

cual si esta carne que amuralla nuestra vida

 

fuese bronce inexpugnable; y así, de este humor,

 

llega por fin, con una aguja perfora

 

el muro del castillo y, ¡adiós, rey!

 

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