Sábado, 28 de Noviembre del 2020
Indicador Político

Las relaciones de los EEUU con México nunca han sido de amistad, cooperación o alianza, sino de dominación. En supremacías imperiales lo peor que le puede pasar al dominador es reaccionar con sentimientos. Por eso la política exterior de la Casa Blanca la planteó John Foster Dulles en plena definición estratégica del papel de Washington en la guerra de Corea: “los EEUU no tienen amigos; tienen intereses”.

La diferencia en los estilos políticos entre Donald Trump y Joe Biden es de matices ofensivos, aunque el pensamiento de seguridad imperial seguirá siendo el mismo. México abandonó el expediente de las preocupaciones estadounidenses estratégicas en 1993 porque el Tratado de Libre Comercio de Salinas de Gortari cedió lo que quedaba de soberanía y nacionalismo.

En una crónica escrita en 1969 para narrar el primer concierto del grupo The Doors en México, Carlos Monsiváis acuñó una frase sociológica que exhibió la realidad de la dependencia cultural de México respecto de los EEUU:

En la época de Ronald Reagan y por la autonomía relativa de la política exterior de México hacia las revoluciones de Centroamérica y el Caribe, la Casa Blanca determinó desde el Comando Sur que México era el problema número uno de seguridad nacional de los EEUU.

A la memoria de Aurora Vigueras viuda de Reyes y abrazo solidario a Armando Reyes Vigueras

Si hay hechos que caen como anillo al dedo de las oportunidades, la crisis en las relaciones México-EEUU por el arresto del general Salvador Cienfuegos Zepeda ayudó a fijar el marco referencial en las relaciones bilaterales del presidente López Obrador con el próximo presidente Joe Biden en materia de seguridad nacional y ganar una ventaja que debe ser aprovechada.

Como si fuera un ministerio público mexicano de tiempos pasados, la fiscalía estadunidense se vio perdonavidas con el caso del general Salvador Cienfuegos Zepeda: retiro los cargos sin reconocer que el expediente era una basura y sin aceptar que la DEA había violado la soberanía mexicana.

Al final de cuentas, el reconocimiento de México a la victoria del demócrata Joe Biden en el conteo de votos en su primera fase no agrega ni quita nada a los resultados oficiales previsibles; sin embargo, el interés estadunidense radica en conseguir la postración del mundo como una evidencia de la derrota electoral de Donald Trump.

Detrás de la negativa a reconocer a Joe Biden por datos estatales que no han sido refrendados por alguna autoridad electoral y sin que aún tenga el reconocimiento legal como presidente electo, la decisión del presidente de México de esperar la oficialización representa un mensaje estratégico de soberanía nacional que debiera ser leído con inteligencia por los asesores estadounidenses.

Ahora que casi toda la clase política enamorada del modelo electoral presidencial de los EEUU niega el fraude electoral denunciado por Trump y quiere desde ya entregarle la Casa Blanca a Joe Biden, se podría aprovechar el entusiasmo para importar el esquema estadounidense e inaugurar una democracia al estilo americano.

Los años que vendrían para México con los EEUU, si se consolida la victoria electoral del candidato demócrata Joe Biden, acaban de ser perfilados en los comportamientos de la embajadora de México en Washington, Martha Bárcena:

La alianza estratégica de republicanos con el grupo demócrata de Barack Obama-Joe Biden en las elecciones se basó en el compromiso de reconstrucción de la estrategia de seguridad nacional ofensiva que fue desmontando el presidente Donald Trump, porque su prioridad era el desarrollo interno y no el imperialismo en activo.

Las reacciones del presidente Donald Trump ante el proceso electoral han sido estridentes, pero no se ha salido de los márgenes estrictos de la legalidad. En cambio, las respuestas públicas del aparato de poder del establishment demócrata-republicano para cerrarle los espacios mediáticos al presidente en funciones y candidato a la reelección lindan con la censura de las dictaduras.

Pase lo que pase, si hay o no recuento, el segundo saldo importante de las elecciones presidenciales revela el colapso del Partido Republicano: por traiciones, alianzas con demócratas y agotamiento de grupos oligárquicos, el Partido Republicano perdió bastiones electorales estatales, diluyó su conservadurismo acomodaticio y dejó al garete a importantes grupos sociales. El 49 % del voto presidencial fue para Trump y no para el partido.

Desdeñado, repudiado, apartado casi con asco, sin espacios en medios, Donald Trump le quitó la mitad de los electores a los demócratas, al ex presidente Barack Obama, al cártel de las encuestas, a los grandes y poderosos medios de comunicación, a los más prestigiados columnistas y editorialistas, al sistema electoral pensado para gobernar con una élite de grupos de interés y a todos los que predijeron que estaba derrotado antes de las elecciones.

Las cifras electorales hasta la medianoche del martes desmintieron, por segunda vez, el escenario cómodo de las encuestas para Joe Biden y mostraron una lucha de grupos de poder. En el fondo, la elección no es por la democracia y las elecciones sólo exhibieron los reacomodos ideológicos de coyuntura que responden al ánimo/desánimo de los votantes.

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