Miercoles, 21 de Agosto del 2019
Jueves, 20 Junio 2019 00:05

“La inocencia del mal”

“La inocencia del mal” Escrito Por :   Silvino Vergara

“Hemos aprendido a tener por usted sentimientos de camaradería y creemos que es una víctima de la guerra como nosotras mismas”. Grils fron Hiroshima


 

Uno de los hechos históricos más dramáticos fue el lanzamiento de las bombas atómicas a dos ciudades de Japón que Estados Unidos de América llevó a cabo en agosto de 1945 ―hecho por el cual nunca hubo sentencia de ningún tribunal internacional ni responsabilidad alguna―. Bombas arrojadas a Japón para demostrar el poderío armamentístico ante la hoy desintegrada URSS. Por ello, la historia dicta que a partir de esas fatales fechas se inició la llamada guerra fría (Feinmann, José Pablo, La sangre derramada, Buenos Aires: Booket, 2012), que duró hasta la fecha emblemática de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989.

 

Dentro de los que participaron en ese bombardeo atómico a la ciudad de Hiroshima, Japón, uno fue Claude Robert Eatherly (2 de octubre de 1918–1 de julio de 1978), oficial de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y piloto del avión Straight Flush en aquel 6 de agosto de 1945; quien no tenía conocimiento de la bomba que estaban arrojando ni, sobre todo, de las consecuencias que provocó. A dicho piloto lo trastornó mentalmente toda su vida ese hecho, al grado de que llegó a intentar suicidarse, provocar acciones delincuenciales menores para caer en la cárcel y purgar una pena, propiamente, por arrojar esa bomba, algo a lo que se ha denominado: “la inocencia del mal” (Martyniuk, Claudio, ESMA, fenomenología de la desaparición, Buenos Aires: Prometeo, 2016). Esto quiere decir que no se tiene conocimiento de lo que se provoca en un simple empleo, en un día cualquiera de labores, en el desempeño propio de un trabajo; las consecuencias de la labor diaria de cualquier persona no se miden ni se sabe cómo repercuten en la sociedad o en terceros.

 

Esa “inocencia del mal” es lo que sucedía en los tiempos de guerra, de conflictos armados, de las invasiones. Cita al respecto Zygmunt Bauman: «El ethos de la guerra “parece ser un asunto de distancia y de tecnología. Nunca puedes hacer el mal si matas de lejos a la gente con armas sofisticadas”. Con el asesinato “a distancia”, lo más probable es que el vínculo entre la matanza y los actos completamente inocentes, como apretar un gatillo, poner en marcha la corriente eléctrica o pulsar una tecla del ordenador, se quede en una noción puramente teórica». (Bauman, Zygmunt, Modernidad y holocausto, Madrid: Ediciones Sequitur, 2010). Actualmente, esos hechos se suceden, por ejemplo, en Afganistán, con una computadora, con los drones manejados desde el otro lado del mundo. Ahora bien, la sofisticación y esta tecnología tan desarrollada no permiten sostener que ese fenómeno de la “inocencia del mal” se da solamente en casos extremos, pues él se ha expandido en todo el mundo actual, en cada semana de trabajo, en cualquier oficina de cualquier lugar del mundo; desde luego, México y América latina no son la excepción.

 

Y esa inocencia del mal se presenta cuado se dictan políticas públicas sin conocer la repercusión que tienen las mismas, las consecuencias que causarán. Por ejemplo, un corte de suministro de agua potable en alguna colonia, implementar un nuevo sistema de vigilancia o de suministro de alimentos o medicina en alguna dependencia pública, todo ello, si no se conoce perfectamente las consecuencias de sus cambios, desde luego que causará estragos sin dimensiones.

 

Pero eso mismo sucede en los tribunales, en los juzgados, en las propias oficinas públicas de cualquier orden del gobierno: dictar una resolución, una sentencia; imponer una multa; ordenar un embargo o una clausura, sin conocimiento de causa, sin conocer qué consecuencias estará provocando es parte de esa “inocencia del mal”. Se hacen las cosas sin conocer que sucederá con la sociedad a quien se dirige y afecta esa medida.

 

Y los legisladores no están exentos de esa inocencia del mal; el estar simplemente acudiendo a las sesiones, alzar la mano o bajarla de acuerdo a meros instintos políticos es una forma de actuar sin el conocimiento pleno de lo que va a suceder con una ley en la calle que se le aplica a una población.

 

Por ello, para darle un freno a esa generalizada “inocencia del mal”, son necesarias personas más conscientes de lo que se está haciendo en cualquier instancia pública, pues actualmente no saben lo que causan todos los días tales decisiones y acciones. De la misma forma, para evitar caer en esa “inocencia del mal”, hay que implementar leyes y políticas públicas de la forma más democrática posible, porque en esa participación de todos, la conciencia y las ópticas se expanden para que alguno de los participantes pueda evitar caer en esas consecuencias malignas cuando sean aprobadas esas leyes o esas políticas públicas. Pues bien, esta inocencia a ese piloto le causó una serie de daños mentales; fue algo que él mismo causó sin conocerlo, cuando estaba haciendo su trabajo. Habría que preguntarse si, actualmente, a la consciencia de un diputado, un senador y, en general, quien ostenta un cargo público la afecta ese mismo malestar esa “inocencia del mal” o, bien, si simplemente viven en la indiferencia de su salario, de su dieta, de sus honorarios.

 

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