Lunes, 23 de Septiembre del 2019
Lunes, 26 Agosto 2019 21:29

Así como que mucha felicidad, pues no

Así como que mucha felicidad, pues no Escrito Por :   Silvino Vergara

En sus últimas declaraciones, el titular de la Administración Pública ha sostenido que de acuerdo con las estadísticas del INEGI, se puede concluir que la mayoría de los mexicanos son “felices”. Lo cual bien puede servir en esta ocasión para demostrar por qué a estos tiempos de la humanidad se le ha denominado época posmoderna.


Según se ha sostenido, el cambio de la modernidad a la posmodernidad es porque en la época moderna se tenía la convicción clara de que el hombre tendría todas las respuestas a sus males y problemas gracias a la ciencia y la tecnología. El camino era ese: el conocimiento comprobable.

 

De esta forma, se iba a permitir una vida terrenal en la que contáramos con todas las respuestas que requerimos del mundo. Sin embargo, esto no fue así, a tal grado que se fueron dando eventos tan trágicos como las guerras que provocaron muertes en serie; fueron miles los afectados por esas guerras que usaban la tecnología y la ciencia para matar, por lo que se detuvo ese pensamiento de que la ciencia iba a dar la respuesta a todos los males y a las preguntas que se hace la humanidad.

 

Por ello es emblemática en Europa la conferencia de Martín Heidegger como rector en la universidad de Friburgo. En resumen, la ciencia y la tecnología no son suficientes para responder todas las preguntas de la humanidad; incluso, hasta pudiera ser parte de sus propios males. Y ese es el cambio que se da en la época posmoderna, en donde, enfáticamente, se sostiene que la ciencia, los resultados que arroja la misma no son suficientes, que están alejados de la realidad y del saber de las comunidades.

 

Por ello, actualmente las respuestas que da la ciencia en muchas de las ocasiones se toman con pinzas, porque no es la respuesta totalizadora que se requiere para tantas preguntas que se hace la humanidad. Así, resulta emblemática esa conclusión que se hace de nuestros tiempos el profesor portugués Boaventura de Sousa Santos: “Vivimos en tiempos de preguntas fuertes y de respuestas débiles” (De Sousa Santos, Boaventura; Justicia entre saberes: epistemologías del sur contra el epistemicidio, Madrid: Morata, 2017). Por tanto, el hecho de sustentarse única y exclusivamente en datos científicos para llegar a una conclusión enfática, sobre todo respecto al comportamiento de las personas, es muy difícil de sostenerlo; y un saber diferente, no científico, más arraigado al sentido común, provoca que esas conclusiones científicas queden mal paradas.

 

Además, las afirmaciones que se hacen desde la ciencia y la tecnología, sobre todo respecto al comportamiento de la sociedad, de las propias personas, son en las que se basan los gobiernos denominados tecnócratas, gobiernos que, por lo menos en los últimos 25 años, son los que nos ha tocado en este país.

 

Actualmente por ello la democracia tiene dos polos opuestos muy claros: por un lado cuenta con la tecnocracia y por otro cuenta con la oclocracia (Dussel, Enrique; Carta a los indignados, Ciudad de México: La Jornada Ediciones, 2011) el gobierno sustentado en las decisiones en las “rodillas”, arrebatadas y dictadas por la muchedumbre. Por ende, la democracia debe tener un equilibrio para no caer en alguno de esos dos extremos. Y es por ello que, magistralmente, el profesor español Daniel Innerarity ha sostenido que actualmente la democracia consiste en: “Que la voluntad popular sea la última palabra, pero no la única, que el juicio de los expertos se tenga en cuenta, pero que no nos sometamos a él” (Innerarity, Daniel; Política para perplejos, Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2018).

 

Por último, la resaca que quedó de la modernidad es que si en los tiempos premodernos la humanidad tenía la firme convicción de que la esperanza era celestial, es decir, que la mejor vida y con ella la felicidad, no era en este planeta ni en esta vida sino que había que esperar un lugar distinto, en la modernidad con los avances de la ciencia y la tecnología se tuvo la convicción de que la esperanza era terrenal, que se presenta en este mundo gracias a los avances del conocimiento científico (por lo que la humanidad debe ser feliz en este planeta y en esta vida ante la ausencia de comprobación científica de qué existe después de la muerte un mundo mejor). Esto se mantiene y, por ello, el eje principal de la esperanza terrenal es la felicidad, y la mejor forma de materializarla en nuestros tiempos con el consumismo y, con ello, con el desinterés por los demás.

 

Ha quedado atrás el viejo principio de solidaridad de la revolución de las ideas francesas. Hoy, para ser feliz, hay que hacer a un lado a los demás; es más, ante el incremento de la inseguridad pública, del desempleo, de los altos índices de criminalidad, hay que aprender a “caminar entre los muertos” para ser feliz. Es precisamente sobre ese eje del pensamiento que se sustenta hoy el debate respecto a la permisión del aborto y la eutanasia. En fin, pareciera que así como que mucha felicidad no la hay.

 

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