Friday, 07 de May de 2021


Ingratos, ególatras y codiciosos




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Por los rumbos de la política las cosas han cambiado. Las reformas a la Ley del Agua aprobadas por los diputados del Congreso Local son sólo un reflejo de ese cambio. Se trata simplemente de cotejar el antes y el hoy para darse cuenta que político y partido dejaron de ser un solo cuerpo y una sola entidad para dar paso al juego de los intereses codiciosos y personales.

Cada quien trae su juego, esa es la verdad, y su interés. Al político no le importa su partido, lo que le importa es su bolsillo, la relación de alto nivel, la influencia y la buena vida. Por eso observamos a panistas que ni tan panistas son, a priistas que nomás le hacen al cuento y a perredistas poco interesados en sus antiguas y polvosas ideologías de izquierda en moda de camisas a cuadros.

 

 

Antes los políticos jugaban para su partido. Se la rifaban a muerte en la cancha de las elecciones. Eran leales y de una pieza. Sudaban y sangraban la playera. Por eso surgieron figuras importantes en los diferentes institutos tales como Francisco Fraile, Ricardo Villa Escalera, José Alarcón, José Guadalupe “Lupillo” y otros más.

 

 

La actitud manifiesta (para algunos traidora) de los priistas Zenorina González, Juan Manuel Jiménez, Ramón López Campos, Elvia Suárez y los ecologistas Elías Abaid, José Venancio y Osvaldo Avendaño para reformar la Ley del Agua y con ello abrir la puerta a la privatización de los sistemas de suministro no es novedosa; de hecho, esa actitud mercantilista la vemos todos los días en las conductas de ellos y de otros.

 

 

La vemos en la corbata de seda de Pablo Rodríguez Regordosa, en el traje Milano de Eric Cotoñeto, en los lujos de Edgar Salomón, en la vulgaridad elegante de Héctor Alonso, en las excentricidades de Gerardo Islas, en fin; desde hace tiempo los políticos traen su propio juego, uno con el que usan de parapeto a sus respectivos partidos. Nada más.

 

 

Nos hemos acostumbrado tanto a su cotidianidad que únicamente resaltamos sus defectos mercantilistas cuando los diputados aprobaron algo que no debieron aprobar, cuando los políticos se pronunciaron a favor de una iniciativa o de una temática social que debieron rechazar, cuando se mezclaron el agua y el aceite para encarar elecciones constitucionales o cuando aplaudieron proyectos de culto personal a todas luces innecesarios.

 

 

Entender que los políticos juegan su propio juego y no necesariamente el del partido del que proceden es una realidad. Lo de la Ley del Agua no es para hervir en aceite a los diputados traidores, de ninguna manera, allá ellos y sus negras conciencias, es para exhibirlos sí, y para decirle a la gente la clase de bichos que tienen como representantes en el Congreso, en los partidos y en la administración pública; bichos ególatras, codiciosos, narcisistas e ingratos en su representación.

 

 

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